CAE must DIE


Hello Pollolectores al borde del break! No sé si últimamente les ha tocado retirar un paquete de la oficina postal local, conocida como la Corporación Aduanera Ecuatoriana (o algo así, no tengo idea de repostería, y si así no se llama el tema de lo que hablo, pues se hacen una idea de lo que sé sobre el tema).
Érase una vez cuando uno recibía sus paquetes por correo de manera normal. Uno hacía un “click” en el “mousse” (no de chocolate, sino el de la compu), y al cabo de un tiempo de cocción de semanas, pues, “bing” o “ring” (no del horno, sino del timbre de la casa) avisaba que era el momento de abrir la puerta y recibir esa creación que se formó en internet y en nuestra imaginación (pasando por nuestras billeteras y/o tarjeta de crédito).
Esta forma de vida se hizo costumbre en mí ya desde hace 2 años. (No creo estar con una linterna en la cabeza, diciendo que soy un adicto a internet frente a personas que me miren nerviosamente, pero si es así, que así sea). Pero ahora todo pasa como un gentil, grácil y ligerísimo piano cayendo sobre mi cabeza. La razón? El querido gobierno y la idea de cobrar aranceles por importaciones, además de crecer la burocracia como espuma sobre una soda recién servida (y a temperatura ambiente, déjenme aclarar).
Para que la película dramática con tintes de humor negro quede más clara, retomemos el ejemplo anterior, adicionando lo siguiente: en el momento de comprar los ingredientes, pues se le adicionan las “especias”, que son los cargos extra por los envíos. Normalmente, y a discreción del usuario, éstos van desde el correo corriente (que SI funciona, para aquellos que aún viven mentalmente en los 80 o inicios de los 90 en Ecuador, que cuando alguien pedía un paquete por correo era una prueba de fe y “contribución” forzada al prójimo), hasta usos ya más rápidos (y caros) como DHL, FEDEX o (este espacio para publicidad, contactar al autor para su marca aquí).
Por supuesto, si uno no está de apuro, no es ántrax ni una nueva metralleta AK-47 (aaah, la Kalashnikov, mi vieja amiga y la favorita de los niños), pues el Correo nacional es una excelente vía, relativamente segura, barata y eficiente. Pero ahora… el panorama es el siguiente:
Llegó un paquete hoy. Por lo tanto, esperé a que llegue normalmente una sonrisa de oreja a oreja, la cual se convirtió en sonrisa invertida cuando solamente me entregaron una hoja… nada más. Una hoja. Una. Que podría ser casi como una nota avisando que mi paquete fue perdido en acción, o que ganço un premio póstumo por su servicio en acción de tratar de cruzar las hipervigiladas fronteras nacionales y realizar su cometido. Por lo que me tocó ir al correo a averiguar más sobre mi asistente perdido.
Una vez en el correo, pues esperé el procedimiento clásico para la liberación de aquellos indocumentados de frontera. El mostrar mi identificación, como requisito para responder por él en el territorio nacional, además de $0.25 para “validar” la transacción, además de la espera de unos minutos hasta que mi buen amigo llegue a mis manos, era lo que me decía la experiencia que es lo que iba a suceder. Pero normalmente la experiencia es algo que tenemos justo después de haberla necesitado más, ya que las cosas difícilmente se repiten dos veces.
En su lugar, pues ví que la validación ahora subió a $1. Ok. Entiendo que el país necesita más dinero y por lo tanto di heróicamente mi contribución para la jornada. Después de ello me dieron un número, el 13 (ya era un acto premonitorio de lo que iba a suceder, al parecer). Y tomé asiento. Igual iban por el número 10.
Después de esperar casi 1 HORA para que del 10 se mueva al 13, mientras un diminuto televisor de 14 pulgadas hacía lo posible por mostrar a los que esperaban el noticiero de Ecuavisa, sobre algo en una carretera que nadie estaba prestando atención, otros con sus celulares jugando quién sabe qué, un ventilador que agonizaba mientras daba su último esfuerzo por llevar orgulloso la marca “Sonyx” que tenía sobre él; salió el numerín 13. Por lo que pasé a otra habitación.
Pues extendí los brazos y esperé mi paquete. Pero no, me hicieron tomar asiento. En este lugar se ven las hileras de cajas y paquetes, que personas como yo ilusamente espera que llegue sin problemas a sus casas. Pues los encargados de recoger los paquetes y colocarlos en el suelo frente a uno (sí, como si los fueran a fusilar a los pobres paquetitos por haber cumplido su deber, oh la tragedia), eran dos. De los cuales, por más que intente mentir fue inevitable: Eran el estereotipo del eficiente y el que “sabemos”. 
Pues mientras el eficiente se encargó de ir recolectando paquetes y dejarlos para al pelotón de fusilamiento frente a sus familiares y queridos, “Sabrosonix” se dedicó a, muy posudamente, caminar lentamente con la hoja en la mano, a un promedio de 1 paquete cada 3 minutos, mientras Mr. Eficiencia traía 3 o 4 paquetes en menos de un minuto.
Para no alargar más el cansón cuento que ya de por sí es extenso, mi paquete pasó a estar frente a mí, en el suelo, a solo 2 metros de distancia. Ahí nuestras miradas se cruzaban mientras veía sus ojos de cartón acuarse y sentirse culpable por la detención. “No es tu culpa” le indiqué cándidamente con la mirada, “no es tu culpa”. Podría haber agarrado el arma del guardia y liberarlo en ese momento, o correr, agarrarlo y saltar por la ventana frente a mí. Eran solo 4 personas, así que una escena tipo “El transportador” podría haber sido efectuada, usando como armas los otros paquetes. Ni modo, no quedaba más que esperar mientras mis neuronas hinchadas de escenas de películas creaban estas sugerencias en mi cabeza.
Después, me hicieron pasar a otro cuarto (sí, a otro). En el cual abrieron el paquete para saber si lo que contenía encajaba con lo que decía en la parte externa. Después de discutir casi 10 minutos con el “agente” de que un karaoke es lo mismo que un juego (ya que afuera decia juego microfonos, y adentro el notó que era un “juego”, puz puz puz no es lo mismo! O si?). Pasé (nuevamente) el escritorio en el cual estaba una chica con una sonrisa tan amplia como calle del centro de la ciudad al mediodía. Y… se fue el sistema. Cómo no se iba a ir si estaba usando Windows 95, algo del siglo pasado tratando inútilmente de conectarse con sus ya tataranietos tecnológicos en internet? “El abuelo está murmurando algo despacio” deben de estar pensando las otras computadoras que recibían los leeeeeentos clicks de la chica “alegre”.
Después de ello, el asalto. $10 de recargos y aranceles. Y ahí es cuando levanté la mirada y puños al aire y grité “maldit…” y luego se ve el exterior de la CAE mientras pasan unas palomas. Después de ello, me tocó ir a pagar (hacer fila de nuevo) para luego regresar (hacer fila de nuevo), y recoger mi paquete, para que el guardia me indique que tengo que ir donde otro señor que nunca ha conocido la palabra “rapidez”, revise los paquetes, lo pese para comprobar que era el mismo peso de antes de que lo violen en la otra habitación, y me ponga un sello con tinta (sí, al parecer aún se usan) y me dejen salir de aquí ( y sí, hacer fila de nuevo).
Así que finalmente salí con mi amigo luego de la amarga experiencia, rumbo a casa. Se supone que un país debe crecer, se interesa por ser mejor cada día, estar al día. Pues pasa todo lo contrario. Aranceles por tecnología? Es decir, me multan porque estoy recibiendo tecnología que NO existe aquí en primer lugar? Entiendo que se paguen multas a cosas que aquí existen sus “genéricos” o “derivados”, pero dónde existe una máquina de karaoke nacional, para saber a quién demonios es que estoy dejando o minimizando su trabajo, al pedir un producto externo?
Y después se preguntan por qué uno hace “snap, crackle y pop”.
En fin. Escribo luego. 
Tech spec.
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Un pensamiento en “CAE must DIE

  1. carajo! estuve casi hora y media dando vueltas en el carro EN LA MISMA CUADRA!!! bueno ahora es gracioso en ese momento solo pensaba que no me joda un vigilante por favooor!! alrededor de 1 hora estuve haciendo doble columna y cuando escuche las sirenas, dije mamacita me largo! y empezaron las vueltas y vueltas pero bueno, ya cogi confianza con el carrito 😀

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